Estoy aquí porque quiero que mi hijita Olga viva; yo ya solo lo hago por ella. Quiero que mi pequeña olvide lo que nos sucedió en la Ciudad de México, lucho para que todos nuestros días sean iguales. Levantarnos y acostarnos a la misma hora, dejar que sea la luz del sol quien marque nuestras andanzas y que nada pase, que nadie nos haga preguntas, que nadie sepa que estamos aquí.

Vivimos en una pequeña casa de madera y enramado que nos cobija de las traicioneras lluvias a nosotras y a las diez mesas que componen el pequeño restaurante que nos proporciona los pesos necesarios para vivir nuestras vidas chicas. Un grupo electrógeno nos genera la energía con la que funciona el refri donde siempre hay chelas y helados muy fríos. Cada mañana, Olga y yo agarramos una barquita que nos cruza la laguna (o estero como le dicen aquí) que nos separa del camino donde se detiene la combi que va hasta Tetitlán. Allí está su escuelita. Cada día espero en la playa el regreso de los pescadores para comprarles pescados y mariscos, casi siempre camarones que luego cocino a la diabla o con los que hago un caldo para que los viajeros que llegan hasta aquí, algunos lugareños y los encargados del campamento que velan por el nacimiento de las tortugas marinas puedan comérselos tumbados viendo romper las olas en las cinco hamacas que tengo mirando al siempre desafiante océano Pacífico. Los domingos suelo ir a la misa en Tetitlán. Nunca fui creyente y sigo sin serlo pero me reconforta mentirme a misma pensando que alguien nos protege. 

Se supone que estoy cumpliendo con mi obligación pero no hay un solo día en que no extrañe mi vida anterior, cuando éramos una familia normal, antes de que mi hijita y yo nos convirtiéramos en dos asesinas.