Se supone que cumplir con tu deber te hacer sentir bien, satisfecha, orgullosa del tiempo y las fuerzas empleadas en ayudar al prójimo que te necesita.

Pero no es así. No creo que la persona que ocupa cinco años, una década o una vida en cuidar de su papá, su marido, o su hijo enfermo se sienta orgulloso de sí mismo cuando, de una manera o de otra, todo acaba. Ni que durante todo el tiempo empleado y transcurrido no extrañe los momentos no vividos, las noches despreocupadas, los paseos sin prisa, los viajes improvisados, la casa en silencio.

Llevo seis meses viviendo con Olga en la playa de Boca Chica, a poco más de cien kilómetros físicos de Acapulco pero a una eternidad de la ciudad que un día fue sinónimo mundial de paraíso vacacional y que desde hace décadas lo es sólo para turistas despistados y nacos que se bañan vestidos en la playa de La Roqueta.