Los skinheads no se tatúan con henna

 

 

Violeta conduce a 120 kilómetros por hora en dirección contraria por la Gran Vía, un jueves de madrugada, y eso la relaja. Se concentra en esquivar los obstáculos que encuentra por el camino y en prevenir los que puedan aparecer. También la divierte ver la cara que pone Carlos, su compañero de patrulla; a pesar de llevar ya casi un año trabajando con ella, aún no se ha acostumbrado a los giros en U que tanto satisfacen a la oficial de Policía. Unos patriotas calvos le están dando una paliza a un grupo de gitanos rumanos en el paso subterráneo que comunica la plaza de España con la Cuesta de San Vicente, probablemente uno de los lugares más feos de Europa Occidental. Tienen que llegar antes de que sea demasiado tarde, así que Violeta le ordena a Carlos que se agarre y, cinco minutos después, ella está corriendo detrás de dos rapados por la calle Cadarso mientras su compañero avisa por radio al SAMUR para que venga a coserles la cabeza a Alexandru Gheoghiu, su esposa y su hija.